El FEVE. Un ferrocarril de vía estrecha.

FEVE en Cuerres

El Tren. El FEVE. Un ferrocarril de vía estrecha.

 

“Las cosas que miramos

se vuelven hacia atrás en el instante  

que nosotros pasamos;

y, conforme va el tren hacia adelante,

parece que desandan lo que andamos”

Ramón de Campoamor

 

En la diáspora de la Cornisa Cantábrica, los pueblos y las aldeas se camuflan en valles recónditos y profundos, los ríos serpentean entre montes, mientras los salmones juegan en meandros retorcidos, donde se acumulan las maderas que arrastran sus aguas torrenciales. Las arenas finas de sus playas reverberan con el calor que emite su sol agradecido, mientras una trémula luz riela en las aguas del Cantábrico. Sus “ bosques relictos” cobijan  a una fauna protegida por una vasta masa arbórea y se vuelven animados. Los valles se extienden encadenados e infinitos hasta morir en las aguas de un mar embravecido. Las montañas, abruptas, pétreas e inquietas, escalan imponentes hacia un cielo amenazante. Los acantilados, en entornos dramáticos escarpan afilados limando una mar azul cabalgando sobre una galerna formidable. Mientras, en algún lugar un argayo tapona un desfiladero.

En este Norte húmedo y verde la vida transcurre diferente, a un ritmo sosegado. El tiempo pasa sin prisa indiferente ante los bruscos cambios a los que el clima le somete. Pasan las nubes por sus cielos con un vaivén acompasado por bufidos ventosos. Pasa el sol, pasa la lluvia mientras la nieve se detiene en las cumbres de los Picos. Mientras, en algún lugar caen las nueces de un viejo nogal.

En este Norte fértil, los cultivos se extienden entre taludes y sus frutos emergen de una tierra fecunda. Mientras, “les vaques” pastan en extensos prados.

En este paisaje infinito, todo juega a confundirnos.  La naturaleza existe, se toca, se ve y se huele siempre.  Una naturaleza salvaje que nos rodea, nos abriga y a veces nos asusta. Aunque siempre quede un lugar, una cueva sombria para esconderse. En su prolongada existencia siempre encontró su aliento esta esforzada tierra y las gentes que la habitan, en ocasiones aislada por la muralla firme que forman sus montañas. Mientras, la luz de un faro perfila el horizonte.

Un silbato suena en una pequeña estación de Asturias.

En este Norte distinto hasta el tren que lo circunda es diferente. Un ferrocarril estrecho, de vía estrecha, de angosto recorrido y riguroso paso. Un tren lento y ceñido a su escenario. Un caballo de acero que cabalga entre montañas mágicas, un animal mitológico corriendo bajo los tilos. El tiempo detenido en sus cristales y recobrado en sus vagones, la vida recuperada entre sus hierros y el entorno paralelo a sus raíles.

De León a Santiago o de Bilbao hasta Oviedo, pasando por Santander. De la meseta hasta el cantábrico, este singular  tren muestra la incomparable magia de los paisajes del norte.

A bordo del FEVE todo recuerda la fascinación que desde nuestra infancia siempre nos ha transmitido el paso del tren. El viajero contempla la vida desde la ventanilla como si del escenario de un teatro se tratara, mientras el reflejo de su imagen en los cristales se funde con el verdor de los bosques y el azul de los ríos y el mar.  El paisaje es un imán para los ojos mientras todo se detiene al paso del convoy.